22.
nemo.
Bus 22, son las 22,00 horas. Regreso de un acto en recuerdo a un amigo que ya se ha ido.
La soledad es un universo sin rima, con versos envueltos en hojas secas; un tiempo muerto suspendido del hilo que zurce la maldita Moira.
Hoy, ahora, el silencio, es usado, manoseado por el que ya se fue. La oscuridad, un agujero negro con miedos propios. El aire ya ha sido respirado infinidad de veces durante el día, condensado de miasmas, pesa lo que los recuerdos de un demiurgo griego.
El futuro lo decide el plano devenir de un anónimo Caronte con volante. Tras los cristales del autocar, las calles son de celuloide en blanco y negro, y no tienen maquillaje en sus cruces. Daltónicos, los coches se vuelven castores en un bosque de bloques de hormigón. Los semáforos chispean luces intermitentes, y los peatones, fugitivos, huyen en la penumbra buscando el calor de un hogar con el ara encendido.
El tiempo, a esta hora -lo siento- pesa lo que una civilización extinta, pero que orgullosa, muestra al viajero sus rutilantes restos de neón.
22,00 horas, en el 22. Tras 22 cuadras, se abre la puerta en mi parada, y aún no sé si es mi final, o un día más, si mi vida está embargada y ya sólo resta elegir un buen epitafio.
Nemo.
Fotografía: Markus Lieben.
Localización: Isbilya East. Pluvioso.
22, por nemo.
-Rotuladores sobre cuaderno de viaje-.
Fondos del Mar de los Algotros. Fundición Grisgrís. Sala de estirar los tocinos. La Ballena. Valle del Xerete. Mangurria.
Factótum:
Rnesttatta Hammatta-Hammatta.
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